Mi práctica.
La cerámica es un material atravesado por una tensión fundamental: pese a su resistencia, es intrínsecamente frágil. Conservamos piezas elaboradas en el Neolítico que han atravesado milenios, pero que basta un empujón para quebrarlas. En esa convivencia entre permanencia y vulnerabilidad encuentro una metáfora de la condición humana, de nuestra capacidad de sobrevivir y transformarnos como humanidad, sin dejar de ser individuos que habitan cuerpos mortales.
Como practica alquímica, la cerámica implica intención, atención, paciencia y desapego, lo que la convierte en un medio de reflexión crítica. Mientras que yo acompaño la transmutación de la pieza, no la controlo por completo. A veces pasa que, sin ninguna razón aparente, las piezas se truenan en el horno o los pigmentos se rehúsan a ser esmaltados. Es un misterio.
Por eso la entiendo como una práctica del sentipensar: el encuentro inseparable de la razón, el cuerpo, la emoción y la intuición. La cerámica abre un tiempo distinto que se siente como antídoto frente a una realidad cada vez más digital, acelerada y efímera. Ofrece un espacio de contemplación, presencia y re-comunión con la materialidad del mundo.
En un presente marcado por la fragmentación social y las crisis de representación, me interesan las prácticas artísticas compartidas como espacios de encuentro, imaginación colectiva y recomposición de vínculos. Mi obra explora universos y epistemologías matriarcales que gestan, cuidan y sostienen mundos interdependientes, exuberantes y efervescentes, donde la mujer se constituye como sujeto universal.
Como antropóloga, desarrollo una práctica situada a partir de la investigación etnográfica, la observación y la escucha. Busco crear no solo sobre los territorios y sus comunidades, sino desde la relación con ellos. En este proceso, el sentipensar es también una posición ética y política, pues articula investigación y creación, experiencia sensible y pensamiento crítico.